Educación y experiencia

Por qué el vino necesita menos elitismo y más experiencia

Nazareth Padilla Montero
Nazareth Padilla Montero Comunicadora del vino · Mayo 2026

El vino puede acercarte.

O puede hacerte sentir ajeno.

Y esa diferencia casi nunca la decide el vino.

La decide la persona que habla de él.

Lo he visto en Costa Rica, en la vinoteca, una y otra vez.

He visto personas entrar a la vinoteca con miedo de preguntar.

Como si hubiera una respuesta correcta.

Como si pudieran equivocarse.

Como si elegir una botella fuera un examen.

Y eso, para mí, es una de las cosas que más daño le ha hecho al vino.

Porque el vino no debería hacerte sentir menos.

Debería invitarte.

Cuando el lenguaje se vuelve una barrera

Aprender de vino puede sentirse como aprender otro idioma.

Hay regiones, uvas, métodos, suelos, climas, estilos, copas, temperaturas, maridajes y palabras que no siempre forman parte de la vida cotidiana.

Y está bien que exista conocimiento técnico.

Claro que es importante.

El vino tiene profundidad.

Tiene historia.

Tiene ciencia.

Tiene arte.

Pero el problema aparece cuando ese conocimiento se usa como una barrera.

Cuando alguien habla del vino de una forma que hace sentir al otro pequeño.

Cuando una persona que apenas está empezando recibe una explicación tan técnica que termina más confundida que antes.

Cuando se olvida que, antes de aprender, una persona necesita sentirse cómoda.

La primera pregunta no suele ser técnica

En la vinoteca, el cliente casi nunca llega preguntando por taninos, acidez, crianza o denominaciones.

Llega con preguntas mucho más humanas.

"¿Cuál me recomienda?"

"¿Este vino será rico?"

"¿Qué puedo llevar para una cena?"

"¿Cuál le puede gustar a mi mamá?"

"Quiero algo suave."

"Quiero algo que no sea tan seco."

"Quiero quedar bien, pero no sé por dónde empezar."

Y esas preguntas son válidas.

Todas.

No son preguntas simples en el mal sentido.

Son preguntas reales.

Y ahí es donde empieza el acompañamiento.

Primero la experiencia, después la técnica

Yo creo que el vino se entiende mejor cuando primero se vive.

Cuando alguien prueba.

Cuando compara.

Cuando conversa.

Cuando descubre qué le gusta y qué no.

Después, si quiere profundizar, la técnica llega sola.

Pero empezar al revés puede intimidar.

Si alguien quiere aprender, no necesita recibir toda la información en el primer momento.

Necesita una puerta de entrada.

Un vino que le haga sentido.

Una explicación que pueda recordar.

Una experiencia que no le dé miedo repetir.

Por eso, cuando alguien me pregunta algo, trato de hacerlo sencillo.

No porque el vino sea simple.

Sino porque acercarse al vino debería serlo.

Menos solemnidad, más conversación

Hay una idea muy instalada de que el vino necesita solemnidad.

Que hay que hablar bajo.

Que hay que saber mucho.

Que hay que oler la copa de cierta forma.

Que hay que decir las palabras correctas.

Que hay que seguir un protocolo para merecerlo.

Y yo no lo veo así.

Claro que hay momentos donde el servicio, la técnica y el protocolo tienen su lugar.

Pero no deberían ser una pared.

No deberían alejar a la persona común.

No deberían hacer que alguien piense:

"Esto no es para mí".

Porque el vino sí puede ser para esa persona.

Solo necesita encontrar su forma de acercarse.

Educar no es corregir todo el tiempo

A veces, en el mundo del vino, se corrige demasiado.

"No se dice así."

"No se sirve así."

"No se acompaña con eso."

"No deberías tomarlo de esa manera."

Y sí, hay recomendaciones.

Hay formas de mejorar la experiencia.

Hay errores que pueden afectar un vino.

Pero si cada acercamiento se convierte en una corrección, la persona se cansa.

Se aleja.

Pierde la ilusión.

Yo prefiero pensar que educar no es señalar.

Es acompañar.

Es decir:

"Mirá, si lo servís un poquito más fresco, puede gustarte más."

O:

"Tal vez ese vino no era para ese momento, probemos otro estilo."

O:

"Si no te gustó este tinto, no significa que no te guste el vino."

Ese tipo de guía abre puertas.

No las cierra.

El vino también se adapta a nuestra vida

En Costa Rica, muchas personas no crecieron viendo vino en la mesa todos los días.

No todas las familias tenían esa costumbre.

No todos tuvieron alguien que les explicara qué comprar, cómo servirlo o con qué acompañarlo.

Entonces no podemos pretender que la gente llegue sabiendo.

Hay que construir ese camino.

Es lo que significa construir cultura del vino en un país sin tradición vitivinícola.

Y hacerlo desde nuestra realidad.

Con nuestra comida.

Con nuestro clima.

Con nuestras reuniones.

Con nuestras formas de celebrar.

A veces el mejor maridaje no es el más perfecto técnicamente.

Es el que funciona para ese momento y para esas personas.

El vino es para quien quiera acercarse

Para mí, el vino necesita menos elitismo y más experiencia porque la experiencia es lo que conecta.

Una persona puede olvidar una explicación técnica.

Pero no olvida cómo se sintió.

No olvida si la escucharon.

No olvida si pudo preguntar sin pena.

No olvida si descubrió algo que le gustó.

Y eso es lo que intento construir desde CAVA Vinoteca.

Un espacio donde el vino no se sienta lejano.

Donde aprender no dé miedo.

Donde nadie tenga que demostrar nada para disfrutar una copa.

Porque el vino no debería ser un código reservado para unos pocos.

Debería ser una invitación.

Y una invitación, para que funcione, tiene que hacerte sentir bienvenido.

Cada copa es una puerta, no un examen

El vino que más te va a gustar no es el más caro, ni el más difícil de pronunciar.

Es el que encontraste cuando alguien te hizo la pregunta correcta.

En las experiencias de cata en CAVA, eso es exactamente lo que buscamos: acompañarte sin juzgar, guiarte sin saturar, y dejarte descubrir.

Porque el vino debería ser tuyo.

No de los que saben más.

Nazareth Padilla Montero

Nazareth Padilla Montero

Comunicadora del vino · WSET Level 3 · CAVA Vinoteca

Cofundadora de CAVA Gourmet Market en Pérez Zeledón. Divulga el vino desde la experiencia, la conversación y un espacio físico donde el conocimiento no intimida.

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