Durante años, la palabra "maridaje" me generó más dudas que respuestas.
Sonaba a examen. A lista de combinaciones correctas que alguien debía memorizar antes de abrir una botella. A un requisito de entrada para poder disfrutar el vino con la comida sin cometer un error imperdonable.
Con el tiempo aprendí a desconfiar de esa tensión. No porque el maridaje no exista — existe, y hay lógica detrás — sino porque cuando esa palabra llega antes de la experiencia, casi siempre cierra una puerta en lugar de abrir una.
Prefiero hablar de contraste. No como sinónimo técnico, sino como una forma más honesta de describir lo que realmente ocurre cuando el vino y la comida se encuentran en la misma mesa. Ese miedo silencioso de no saber qué combinar es real, y tiene nombre. Pero también tiene salida.
Lo que piden cuando el vino da hambre
Hay algo que me ha pasado muchas veces en la vinoteca y que me parece revelador.
Alguien llega, probamos unas copas, la conversación avanza, y en algún momento alguien dice que tiene hambre. Y lo que piden no es una tabla de embutidos importados ni una selección diseñada para ese vino en particular. Piden arroz con pollo. Un casado. Frijoles con lo que haya. Carne asada si está disponible.
Y comen. Con el vino en la mano. Sin protocolo. Sin preguntar si está bien.
Y funciona.
No siempre de manera perfecta, en el sentido técnico de la palabra. Pero funciona porque la comida costarricense y el vino comparten algo fundamental: son parte de una mesa compartida, de un momento que le pertenece a quien está sentado ahí. Esa mesa tiene su propia lógica, y no necesita un manual para existir.
Lo que he visto en esos momentos es que la gente disfruta más cuando deja de preguntarse si lo está haciendo bien.
Un principio que sí vale la pena conocer
Dicho esto, hay una idea que me parece útil compartir. No como regla, sino como herramienta.
Los vinos con buena acidez tienden a funcionar bien con comidas contundentes o grasosas. La acidez refresca el paladar, limpia un poco la boca entre bocado y bocado, y hace que los sabores del plato se sientan más claros también. Eso es el contraste en su versión más simple.
Un blanco con acidez viva — un Sauvignon Blanc, por ejemplo, o un Albariño — puede hacer algo interesante con un casado que incluye carne, arroz y frijoles. No porque sea la combinación "correcta", sino porque la frescura del vino equilibra el peso del plato.
Pero aquí entra algo importante: no todos los blancos son iguales, y no todos los tintos son iguales. El cuerpo de un vino cambia todo. Un blanco con crianza en madera tiene más peso y menos acidez que uno joven y fresco. Un tinto suave y frutal se comporta de manera muy distinta que uno con muchos taninos.
Esto no es para memorizarlo. Es para entender que tiene sentido probar. Que dos blancos pueden dar experiencias completamente distintas con el mismo plato.
La gastronomía costarricense y el vino que ya le queda
En Pérez Zeledón, y en Zona Sur en general, la comida del día a día tiene mucho de contundente, de sabor directo, de proteína y almidón en el mismo plato. El gallo pinto. El casado al mediodía. Un arroz con pollo por la tarde. Carne asada un viernes.
No es gastronomía diseñada para maridarse con vino. Es gastronomía diseñada para alimentar y reunir.
Y eso, curiosamente, es exactamente lo que el vino también hace bien.
Un rosé seco, con buena acidez y algo de fruta, puede ser una compañía muy agradable para unas costillitas asadas o un arroz con pollo bien especiado. Un tinto ligero, sin demasiados taninos — un Pinot Noir joven, o incluso un Malbec accesible — puede ir muy bien con el sabor redondo del frijol negro y las proteínas del casado.
¿Siempre va a funcionar perfecto? No. Pero el criterio llega con la experiencia, no con la lectura de guías.
Lo que sí puedo decir es que la gastronomía costarricense no está peleada con el vino. Nunca lo estuvo. Solo nunca tuvo a alguien que dijera: pruébelo así.
Experimentar sin miedo a equivocarse
La forma más directa que encontré para decirle esto a alguien que empieza es simple:
Acompañe la copa con lo que tenga en la mano izquierda.
No es una broma. Es en serio.
Lo que sea que esté comiendo en ese momento, con ese vino en particular, en ese contexto, con esa hambre — ya es una experiencia válida. Si funciona, lo va a recordar. Si no funciona del todo, va a notar algo: una acidez que no encajó, un amargor que apareció de más. Y eso también es información.
Así es como se desarrolla el paladar. No leyendo descripciones de maridajes. Sino probando, prestando atención, sin convertir cada copa en un examen.
El error más común no es combinar mal. Es no probar por miedo a combinar mal.
En CAVA lo descubrimos juntos
En la vinoteca en Pérez Zeledón, hemos tenido muchas de esas conversaciones. Alguien prueba algo con lo que no esperaba que funcionara, y se sorprende. Alguien llega con la idea de que el vino es para comida "elegante" y termina descubriendo que un buen tinto va perfecto con lo que cocinó esa noche.
Eso no es casualidad. Es lo que pasa cuando el vino deja de ser un mundo aparte y se convierte en parte de la mesa real.
Mi trabajo, desde que abrí CAVA, ha sido ese: tender ese puente. No desde un lugar de protocolo o distancia técnica, sino desde el criterio y la experiencia de haber acompañado a muchas personas en sus primeras copas, sus primeras preguntas y sus primeras sorpresas.
Si le interesa explorar esto en persona — probar vinos distintos, entender qué le llama la atención y por qué — las catas en CAVA están pensadas exactamente para eso. Sin examen, sin protocolo rígido. Puede escribirnos por WhatsApp al +506 8632 5260.
La gastronomía de este país tiene sabor propio. El vino, cuando uno le pierde el miedo, encaja en esa mesa mejor de lo que muchos esperarían.
Solo hace falta probarlo.
Este artículo fue publicado originalmente en Vinetur, la revista digital líder del vino en español, el 2 de junio de 2026.